Nos encontramos ante un documental en blanco y negro, de 67 minutos de duración, realizado en 1929 en la antigua Unión Soviética por Dziga Vertov. Está considerado como un film clásico del cine mudo y pionero por el uso del lenguaje visual y los recursos sonoros.

Por otro lado, la rápida y constante sucesión de imágenes, aparentemente desconectadas, se presenta para mí con una cohesión simbólica profunda a partir de los que podríamos considerar los hilos de Ariadna de su particular laberinto. Todo en la película habla del movimiento (en la calle, en la fábrica, en los edificios… hay múltiples objetos circulares que giran y giran sobre sí mismos).
Igualmente, aunque se pueden apreciar diferentes relatos fragmentados la sensación es de aparente caos narrativo. Busca mostrar analogías visuales entre la realidad representada por la cámara y el montaje cinematográfico (el objetivo-el ojo humano; el funcionamiento de la cámara-las máquinas; el enfoque/desenfoque-la ventana abierta/cerrada; los planos fijos-en movimiento de personas...). El director muestra las posibilidades del discurso cinematográfico (zoom, enfoque/desenfoque, picado, planos convergentes, etc.) y se sirve del personaje principal situándolo en diferentes posiciones dentro de la propia narración.
Por último, la percepción del espectador abre y cierra el discurso, está dentro de él, le da sentido, reacciona ante el texto cinematográfico, al que observa y por el que parece ser observado hasta que, finalmente, se cierra el ojo-objetivo.
Es destacable también el uso de la música y el sonido no como simple acompañamiento (lo habitual en una película muda) sino como forma de guiar al espectador y ofrecerle indistintamente sensaciones de proximidad y/o de alejamiento según aumente o disminuya el volumen y los tipos de sonidos empleados.
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